Bendición de las Coronas
 San Pio X
 Caliz donado por San Pio X
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Una comisión de damas, presididas por el arzobispo de
Zaragoza don Juan de Soldevilla, llevó las dos coronas a Roma. Fueron
recibidos por el Papa a la tarde del 28 de abril de 1905 y se las
presentaron. Pío X quedó admirado de la belleza de las dos obras
maestras y les manifestó que las bendeciría al día siguientes después
de la misa celebrada en la Capilla Sixtina a las siete de la mañana.
Las coronas las guardó en su despacho.
A la hora señalada los
invitados llenaron de bote en bote la Capilla Sixtina. Allí estaba el
Cardenal Vives, el embajador de España y señora, el arzobispo
Soldevilla, las hermanas del Papa, bastantes superiores generales,
grupos de diversas congregaciones religiosas y toda la colonia
española. Precedido de guardias nobles y rodeado de sus asistentes,
apareció la venerable figura del Papa.
Un capellán llevaba sobre un almohadón rojo el estuche que guardaba
las coronas.
Un religioso fervor embargó a los asistentes a la misa. La capilla
de música, dirigida por el maestro Perosi, entonó varios motetes,
entre ellos un Avemaria compuesta por el maestro expresamente para esa
función. Todos los asistentes recibieron la comunión de manos del
Papa.
Después de la misa, subido al trono y asistido por el cardenal
Vives, bendijo con solemnidad las dos coronas que le presentaba
monseñor Soldevilla. Terminada la ceremonia, el Papa se sentó en el
trono e hizo señal al arzobispo de Zaragoza para que se acercara. Este
se postró a sus pies. Pío X con visible complacencia le entregó el
riquísimo cáliz de oro y de esmaltes con el que había celebrado la
misa como testimonio de su amor a la Virgen del Pilar. Todo terminó
con la bendición papal.
Cuatro seminaristas zaragozanos trasportaron las coronas al
despacho del Papa, donde estuvieron varios días. El Papa las mostraba
a los visitantes con fervientes alabanzas. A una comisión de
norteamericanos les dijo: «Vosotros tenéis más riquezas que España,
pero no habéis podido hacer una alhaja tan rica como ésta que han
ejecutado los españoles». Efectivamente es una corona de oro y plata
que tiene engarzadas diez mil piedras entre brillantes, rosas, perlas,
esmeraldas, rubíes, zafiros, amatistas, topacios, granates y un enorme
brillante.
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La ceremonia de la Coronación
 Cardenal Soldevila
 El Cardenal colocando la Corona
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Durante todo el día 19, viernes, víspera del gran
acontecimiento, estuvo llegando a Zaragoza multitud de forasteros que
ostentaban orgullosos la medalla de peregrinos. Singularmente
llamativa fue la llegada de la peregrinación madrileña en varios
trenes especiales. Destacaban el representante personal del rey
Alfonso XIII, la de la Reina Victoria Eugenia y el nuncio Rinaldini.
A medianoche numerosos grupos esperaban impacientes en la plaza del
Pilar. A las doce se abrieron las puertas del templo y empezaron las
misas tanto en la santa Capilla como en otros altares. A las cuatro se
celebró la de los infanticos y a las seis y media la de la comunión
general, que se prolongó hasta las nueve. Para las diez un numeroso
gentío abarrotó el templo e inmediaciones. Una compañía de honor y la
banda de música se situaron junto a la puerta alta y una batería al
otro lado del Ebro.
A las diez el señor Nuncio celebró la misa de Pontifical asistido
por varios prebendados. Las capillas de música de ambos templos
metropolitanos cantaron la misa pontifical de Perosi. Terminada la
misa, el arzobispo Soldevilla, como delegado papal para la coronación,
se revistió de ornamentos pontificales; cuatro canónigos levantaron
los varales de las andas donde estaban colocadas las dos coronas y se
organizó la procesión hacia la santa Capilla por la nave sur. Fue un
momento de mucho revuelo en el público, pues todos querían presenciar
la ceremonia. Dispuestas las autoridades en las cercanías del altar y
colocado el presidente Soldevilla ante la Imagen, un canónigo dio
lectura al decreto de Coronación.
Acto seguido, a las doce en punto, entonó el prelado el Regina
Coeli. Y mientras el coro cantaba dicha antífona, y retumbaban las
salvas, y se oía la Marcha Real, y volteaban las campanas del Pilar, y
las de todas las iglesias de la ciudad, y las de Aragón y de España
—según habían convenido los señores obispos—, y aplaudía la multitud,
monseñor Soldevilla coronó primero al Niño Jesús y después a la Virgen
del Pilar. Cuando hubo amainado un poco la emoción, el prelado
diocesano impartió la bendición papal haciendo uso de la gracia
concedida por Pío X..
La Peregrinación Nacional se había organizado por grupos por
cuestiones de alojamiento. La más notable fue la del 8 de junio con
más de diez mil peregrinos presididos por cinco obispos.
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